Liturgia viva

El calendario litúrgico anual

TERCER DOMINGO DE ADVIENTO

Description

17 de Diciembre

 

TERCER DOMINGO DE ADVIENTO

 

“¡Exulten de alegría!”

 

“Aquel a quien ustedes no conocen…”

 

Saludo (Ver Segunda Lectura)

 

Que el Dios de paz los haga a perfectos y santos,

y los guarde sanos y libres de culpa, intachables,

para la venida de nuestro Señor Jesucristo.

Regocíjense, pues el Señor está con ustedes.

 

1. “¡Exulten de alegría"

¿Cómo es que, con todas las cosas buenas que el Señor nos da, estamos con tanta frecuencia tan tristes y afligidos? Tenemos el regalo de los otros, tenemos nuestra fe, tenemos a Jesús como nuestro compañero en la vida, tenemos al Espíritu Santo para guiarnos, tenemos un Padre en el cielo que se preocupa por nosotros. “¡Alégrense, el Señor está cerca! ¡Alégrense, el Señor está aquí! ¡Regocíjense, aquí está con nosotros el Señor, Jesús!”, nos anunciará esta eucaristía. Y, reconfortados, presentaremos con él nuestra acción de gracias al Padre.

 

2. “Aquel a quien ustedes no conocen…”

 ¿Quieren ustedes conocer a Jesús? ¿Quieren encontrarlo hoy? Encuéntrenlo en los hermanos, acompáñenlos en el camino de la vida, especialmente a los pobres, los abatidos, los oprimidos por toda clase de esclavitud, los que no gozan de libertad. Jesús se identifica con ellos. En ellos encontramos a Jesús. Así no permanecerá él como un desconocido, lejano a nosotros. Estaremos, pues, con Jesús, y Jesús estará con nosotros.

 

Acto Penitencial

Con demasiada frecuencia estamos tristes y somos desagradecidos.

Pedimos ahora al Señor bondadoso

que nos perdone.

 (Pausa)

Señor Jesús, tú nos has traído la alegría del perdón total.

R/ Señor, ten piedad de nosotros.

 

Cristo Jesús, tú sigues compartiendo con nosotros

la Buena Nueva de la vida y del Amor de Dios.

R/ Cristo, ten piedad de nosotros.

 

Señor Jesús, tú nos preparas para una alegría eterna

que nadie nos podrá arrebatar.

R/ Señor, ten piedad de nosotros.

 

Ten misericordia de nosotros, Señor,

perdona todos nuestros pecados,

convierte nuestra tristeza en alegría

y llévanos a la vida eterna.

 

Oración Colecta

 

Oremos para que sepamos reconocer al Señor

cuando venga a nosotros.

 (Pausa)

Señor Dios, Padre nuestro:

Nadie te ha visto jamás,

pero tú te nos has mostrado

en tu querido Hijo Jesucristo.

Ayúdanos a reconocer su rostro

en los pobres y humildes.

No permitas que lo pasemos por alto

en los desolados y en los débiles.

Que el Espíritu Santo nos dé valor

para llevar su Buena Nueva de esperanza y alegría

a todos los que lo esperan y lo necesitan.

Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor.

 

Primera Lectura (Is 61,1-2.10-11):

A los pobres, a los abatidos, a los cautivos de sus miedos, el profeta les anuncia en el nombre de Dios: “Regocíjense, está llegando la Salvación. Dios está con ustedes.”

 

Is 61, 1-2. 10-11: “Me regocijo porque Dios está cerca de los humildes”

 

El espíritu del Señor está sobre mí,
porque me ha ungido
y me ha enviado para anunciar la buena nueva a los pobres,
a curar a los de corazón quebrantado,
a proclamar el perdón a los cautivos,
la libertad a los prisioneros,
y a pregonar el año de gracia del Señor.

Me alegro en el Señor con toda el alma
y me lleno de júbilo en mi Dios,
porque me revistió con vestiduras de salvación
y me cubrió con un manto de justicia,
como el novio que se pone la corona,
como la novia que se adorna con sus joyas.

Así como la tierra echa sus brotes
y el jardín hace germinar lo sembrado en él,
así el Señor hará brotar la justicia
y la alabanza ante todas las naciones.

 

Interleccional Lc 1,46-54: "Me alegro con mi Dios"

 

(Is 61, 10b) Mi espíritu se alegra en Dios, mi salvador.
Mi alma glorifica al Señor
y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador,
porque puso los ojos en la humildad de su esclava.
R. Mi espíritu se alegra en Dios, mi salvador.
Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones,
porque ha hecho en mí grandes cosas
el que todo lo puede.
Santo es su nombre y su misericordia llega,
de generación en generación, a los que lo temen.
R. Mi espíritu se alegra en Dios, mi salvador.
A los hambrientos los colmó de bienes
y a los ricos los despidió sin nada.
Acordándose de su misericordia,
vino en ayuda de Israel, su siervo.
R. Mi espíritu se alegra en Dios, mi salvador.

 

Segunda Lectura (1 Tes 5,16-24)

Pablo pide a sus cristianos que estén alegres y que se dispongan con una vida santa a la venida del Señor.

 

1 Tes 5,16-24: “¡Alégrense: El Señor está viniendo!”

Hermanos: Estén siempre alegres, 17oren sin cesar, 18den gracias por todo. Eso es lo que quiere Dios de ustedes como cristianos. 19No apaguen el fuego del espíritu, 20no desprecien la profecía, 21examínenlo todo y quédense con lo bueno, 22eviten toda forma de mal. 23El Dios de la paz los santifique completamente; los conserve íntegros en espíritu, alma y cuerpo, e irreprochables para cuando venga nuestro Señor Jesucristo. 24El que los llamó es fiel y lo cumplirá.

 

Aclamación antes del Evangelio

Aleluya, aleluya.
El Espíritu del Señor está sobre mí.
Me ha enviado para anunciar la buena nueva a los pobres.
R. Aleluya.

 

Evangelio (Jn 1,6-8.19-28)

Juan Bautista es el mensajero de Dios para anunciar la Buena Nueva al Pueblo: El Salvador ya está aquí, entre nosotros. Pero solo los suficientemente humildes, los que esperan la ayuda de Dios, lo reconocen.

 

Jn 1,6-8.19-28: “Entre ustedes está uno a quien no conocen”

 

Hubo un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Éste vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. Él no era la luz, sino testigo de la luz.

Éste es el testimonio que dio Juan el Bautista, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén a unos sacerdotes y levitas para preguntarle: “¿Quién eres tú?” Él reconoció y no negó quién era. Él afirmó: “Yo no soy el Mesías”. De nuevo le preguntaron: “¿Quién eres, pues? ¿Eres Elías?” Él les respondió: “No lo soy”. “¿Eres el profeta?” Respondió: “No”. Le dijeron: “Entonces dinos quién eres, para poder llevar una respuesta a los que nos enviaron. ¿Qué dices de ti mismo?” Juan les contestó: “Yo soy la voz que grita en el desierto: ‘Enderecen el camino del Señor’, como anunció el profeta Isaías”.

Los enviados, que pertenecían a la secta de los fariseos, le preguntaron: “Entonces ¿por qué bautizas, si no eres el Mesías, ni Elías, ni el profeta?” Juan les respondió: “Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay uno, al que ustedes no conocen, alguien que viene detrás de mí, a quien yo no soy digno de desatarle las correas de sus sandalias”.

Esto sucedió en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde Juan bautizaba.

 

Oración de los Fieles

 

Mientras esperamos la venida gloriosa de nuestro Señor Jesucristo, lo reconocemos ya aquí entre nosotros y le pedimos que presente a su Padre las necesidades y preocupaciones de su Pueblo, diciendo: R/ Ven, Señor; quédate con nosotros.

 

  • Señor, te pedimos por la Iglesia católica y por todas las iglesias cristianas. Para que todas den testimonio de tu presencia con su interés por la justicia y la paz, por su búsqueda de la unidad, por su respeto a las conciencias y, sobre todo, por su esperanza en tu futuro, y así te decimos.
  • Señor, te pedimos por todos los cristianos. Para que sean siempre alegres, felices y se mantengan serenos en las tensiones de la vida, pues tú nos has traído perdón y misericordia, y has querido que vivamos en tu amor. Haz que nuestra alegría sea contagiosa, y así te decimos.
  • Señor, te pedimos por todos los que te buscan con sinceridad. Para que, como tú, lleven libertad a los encarcelados, alimento y bebida a los necesitados. Que profieran palabras de aliento a los desalentados, y de esa manera proclamen la Buena Nueva de la Salvación a los pobres, y así te decimos.
  • Señor, te pedimos por nosotros mismos. Para que sepamos formar una comunidad de fe y esperanza, de compasión, respeto mutuo y servicio, de unidad y fraternidad, en la que cada uno se sienta responsable de los otros. Y que esto muestre a la gente que tú vives entre nosotros, y así te decimos.

 

Ven, Señor; quédate con nosotros. Guárdanos en tu amor ahora y por los siglos de los siglos.

 

Oración sobre las Ofrendas

 

Oh, Dios y Padre nuestro:

Acogemos a tu Hijo en medio de nosotros

por medio de tus sencillos dones,

fruto de la lluvia, del sol y del trabajo de nuestras manos.

Que el Espíritu de tu Hijo

venga también sobre nosotros

y nos mueva a compartir

el pan y el vino de tu amor y tu alegría.

Te los ofrecemos hoy

junto con tu Hijo, que vive y reina entre nosotros,

Jesucristo, nuestro Señor, por los siglos de los siglos.

 

Introducción a la Plegaria Eucarística

Demos gracias con alegría al Padre con Jesús, su Hijo, que está ya entre nosotros.

 

Invitación al Padre Nuestro

Roguemos a Dios, nuestro Padre,

por la venida de su Hijo y de su Reino.

R/ Padre nuestro…

 

Saludo de paz

 

Señor Jesucristo:

Tú dijiste a sus apóstoles:

“La paz les dejo, mi paz les doy”.

Pero cada uno de nosotros estamos buscando

nuestra pequeña paz a expensas de otros;

la paz está con frecuencia en nuestros labios,

pero no sabemos cómo vivir en paz.

No tengas en cuenta nuestros pecados,

sino la fe y el amor de tu Iglesia,

y danos la paz, la reconciliación y la unidad de tu Reino

por los siglos de los siglos.

 

Invitación a la Comunión

Dichosos nosotros,

Invitados al banquete de alegría del Señor

porque éste es el Salvador anunciado por el Bautista,

el que está en medio de nosotros

y a quien no siempre reconocemos,

Jesucristo nuestro Señor.

R/ Señor, no soy digno…

 

Oración después de la Comunión

 

Oh Dios y Padre nuestro:

Te damos gracias por la gloria de esta eucaristía

que nos anticipa la comunión perfecta

con Jesucristo, tu Hijo.

Que él permanezca con nosotros en nuestra vida de cada día.

Que seamos capaces de reconocerlo

en nuestras hermanas y hermanos,

especialmente en los pobres y humildes,

y haciendo unos por otros lo que él hizo,

y todavía hace, por nosotros.

Te lo pedimos en el nombre de Jesús, el Señor.

 

Bendición

Hermanos: En esta eucaristía hemos escuchado las palabras del profeta: "El Espíritu de Dios está sobre mí; él me ha enviado para llevar la Buena Noticia de Salvación a los pobres". Recordémoslo: La misión de Jesús es también nuestra. Tenemos que hacerlo visible en la Iglesia y en el mundo con nuestra preocupación y compromiso con los hermanos y hermanas más pobres, humildes y necesitados y también por nuestra Hermana Tierra y por todos lo creado. ¡Ojalá lo hagamos con alegría! Para ello, que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nosotros y nos acompañe siempre.

 

La invitación del profeta Isaías es a descubrir en nuestro entorno los pequeños signos de vida en una naturaleza que siempre se regenera, a pesar de todos los maltratos que recibe. El salmo es una invitación a proclamar, como María, las grandezas que Dios realiza por medio de sus pequeños o humildes siervos. La Carta de Pablo a los Tesalonicenses nos invita a no dejarnos robar la alegría y la esperanza. Que no se apague nunca el Espíritu de Dios que nos habita.

Juan el Bautista es presentado como vocero de Dios; un profeta que grita por el arrepentimiento, la conversión y una vida nueva. A raíz de la pandemia, del cambio climático y otro males o enfermedades, continúan surgiendo voces (algunas de sabiduría ancestral) que invitan a cambios profundos de vida: estilo de vida, alimentación, relaciones más armónicas y respetuosas con el entorno. O de quienes, preocupados por la dependencia de las nuevas tecnologías, alertan del grado de adicción y del daño que pueden causar si no son empleadas con moderación.

El Bautista es enviado a dar testimonio de la luz, pero no era él la luz. Es el perfecto ejemplo para la Iglesia, que no brilla con luz propia porque el resplandor que se refleja en ella le viene de Dios. Somos, como Juan, instrumentos frágiles, pero mediaciones de las que se vale Dios para acercarse a la historia humana y transformarla con su gracia. Las comunidades eclesiales estamos llamadas a ser espacios vitales donde el reino de Dios se hace palpable. Luchamos por procesos evangelizadores que ayuden al cambio y la transformación no sólo de las estructuras dentro de la Iglesia sino de nuestra participación en la sociedad. Dentro de nuestras comunidades escuchar, en clave sinodal, a quienes son olvidados o relegados es una tarea pendiente. Fomentar los análisis de realidad que nos ayuden a discernir cuál debe ser nuestra respuesta a las circunstancias de cada tiempo y lugar debe ser signo de nuestra presencia profética y fruto de la presencia del Espíritu.

Que en esta época de Adviento podamos acallar o silenciar el bullicio publicitario del consumismo navideño. Ser personas más vigilantes y prudentes, capaces de renovar en la familia y en la comunidad nuestra fe en el Dios que se abaja para caminar a nuestro lado, iluminando y allanando el camino. La misión de este Adviento es ser voces que llaman a fomentar la espiritualidad del cuidado y la moderación en tiempo de excesos. Dios nos conceda encuentros sinceros y desinteresados para celebrar la Navidad con corazón agradecido.

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