Palabras de alegría y esperanza
Videos del P. Fernando Armellini
Video semanal destacado
* Voz original en italiano, con subtítulos en inglés, español & cantonés
También disponibles videos subtitulados y doblados los mismos lenguajes.
Un buen domingo para todos.
Durante los últimos domingos hemos estado acompañando a Jesús que está en viaje hacia Jerusalén, y durante este viaje hemos sido testigos de varios episodios. Recordamos al doctor de la ley que le preguntó a Jesús, qué debo hacer para heredar la vida eterna. Luego vimos cómo fue recibido por Marta y María; escuchamos sus parábolas y también nos enseñó a rezar y el domingo pasado nos dijo que su mensaje, el fuego que trajo del cielo crearía problemas y divisiones en la tierra.
Lucas insiste en presentarnos estos episodios y enseñanzas mientras Jesús está de viaje, él sabe a dónde; va a un destino preciso: Jerusalén, donde es llamado a dar la prueba definitiva de su amor. Lucas insiste porque quiere decirnos que está trazando el camino que tú también debes seguir si quieres ser su discípulo. De hecho, nuestros hermanos en la fe de las primeras generaciones tenían claro en mente este camino, eran conscientes de ser extranjeros y peregrinos en esta tierra.
La Carta a los Hebreos dice que no tenemos aquí abajo una ciudad estable, estamos en camino a la Jerusalén del cielo. Cuando Pedro escribe a los cristianos perseguidos de Asia Menor dice, ‘Los exhorto como extranjeros y peregrinos’. El peregrino es diferente del vagabundo; ambos caminan, pero el peregrino tiene un destino, sabe a dónde va, mientras que el vagabundo no se hace preguntas sobre su destino, sobre el sentido de su caminar; a él sólo le basta disfrutar de lo que encuentra en el camino y no piensa en nada más.
Tengamos cuidado porque nosotros también podemos perder de vista el destino que Jesús nos traza. Quizás cultivamos algún bello ideal, pasar un examen, formar una familia, conseguir un trabajo… son objetivos bonitos, pero son inmediatos; por sí mismos nunca serán suficientes para nosotros porque después de haberlos conseguido nos preguntaremos ¿y después? Lo explica muy bien el Qohelet que dice sabiamente, ‘ten cuidado porque Dios ha puesto el infinito en el corazón del hombre y si no das una respuesta a esta necesidad de infinito estarás siempre insatisfecho’, y culparás a alguien; dirás, ‘si tuviese algo que me falta estaría satisfecho’. No te engañes; aunque tuvieras todo lo que quieras, si pudieses hacer realidad tus sueños, ten en cuenta que nunca serán suficientes para calmar esta inquietud tuya.
Entonces te preguntas, ¿hay alguien que pueda dar una respuesta satisfactoria a esta necesidad? ¿Son muchos o pocos los que responden a esta necesidad de infinito? Esta es la pregunta que en el pasaje del evangelio de hoy un hombre hace a Jesús. También nos interesa a nosotros, escuchemos:
“Jesús iba enseñando por ciudades y pueblos mientras se dirigía a Jerusalén. Uno le preguntó: Señor, ¿son pocos los que son salvados?”.
En el mundo judío de la época de Jesús, la cuestión de la salvación despertaba un gran interés, provocando muchas discusiones sobre lo que significaba la salvación, quiénes son los salvados; salvación es la resurrección, entendida como el retorno a la vida de este mundo, naturalmente sin más dolor, no más desgracias, no más enfermedad, sólo plenitud de alegría. Aquellos a quienes el Señor considere dignos de esta resurrección serán los salvados.
¿Cuándo y por qué se empezó a hablar de la resurrección en Israel? Comenzó muy tarde; los israelitas no son como los egipcios que siempre han creído en otra vida. Solamente a principios del siglo II se empezó a hablar de resurrección. Fue cuando los reyes seléucidas paganos comenzaron a perseguir a los que querían permanecer fieles a la Torá y a sus tradiciones, y martirizaron a los que no se adherían a sus nuevas propuestas religiosas. Entonces se preguntaron, cuándo Dios –según las promesas que hecho a los patriarcas a los profetas– comenzará su reino en este mundo, reino de paz, de alegría, de justicia. Los justos y, en particular, los mártires ¿serán excluidos de esta alegría? Y su respuesta fue NO. A ellos el Señor los hará resucitar para que puedan participar en su reino; él los traerá de vuelta a la vida.
En ciertos momentos de la historia de Israel esta expectativa, esta esperanza mesiánica se sintió de una manera particularmente vívida. En la época de Jesús la fe en la resurrección era la de una minoría. Los sacerdotes del templo, los saduceos, no sólo no creían en la resurrección, sino que la ridiculizaban. Recordemos cuando vinieron a Jesús y le preguntaron, ‘una mujer tuvo siete maridos en este mundo y luego murió, al resucitar ¿a cuál de los maridos será entregada? Y lo decían con una sonrisa en los labios. Esta resurrección, una vuelta a la vida de este mundo, no es posible.
Los fariseos, en cambio, creían en la resurrección. La pregunta era quién será admitido en esta resurrección y será salvado, ¿sólo algunos… todos los hijos de Abraham… incluso algunos justos entre los paganos? Esta es la razón de la pregunta que se le hizo a Jesús. Los fariseos sostenían que todos los observantes de la Torá obtendrían la salvación, es decir, resucitarían. Recordemos a Marta cuando Jesús le dice, ‘tu hermano resucitará’; Marta dice, ‘por supuesto, mi hermano era un hombre justo, por supuesto que resucitará’. Jesús le dice, ‘esta no es la resurrección que he traído al mundo, no es una vuelta a esta vida, sino que es la manifestación de una vida del Eterno que he traído a este mundo y que se da a todos los hijos e hijas de Dios’. Pero pensaban que seguramente, a esta salvación no alcanzará a los malvados y a los impíos.
Recordemos a la madre de los siete jóvenes macabeos que tras habiendo animado a sus hijos, uno por uno, a no ceder a las propuestas de Antíoco, finalmente, se dirige al gobernante y le dice: ‘Hombre malvado, no participarás en la resurrección de los justos, tú no serás salvado’. Los apocalípticos sostenían que sólo unos pocos estaban destinados a la felicidad eterna. El cuarto libro de Esdras, quizás el más famoso de los libros apocalípticos, dice este siglo, o sea la era presente, la creó el Altísimo para una multitud, pero el siglo futuro está reservado a un pequeño número; muchos son creados, sin embargo, pocos serán salvados. Y la única manera de salvarse –en este todos coincidían– era la práctica asidua de la Torá. Por tanto, la salvación dependía del esfuerzo de cada uno; era un premio que se alcanzaba al final de la vida y que se entregaba a los que la merecen.
La persona anónima que hizo la pregunta a Jesús no piensa que la salvación sea un premio; de hecho, formula muy bien su pregunta; no pregunta, ¿son pocos los que se salvan observando la Torá, comportándose bien?, sino que pregunta si son pocos los que son salvados, es decir, entiende que la salvación es un regalo que se da. Quiere decir, ¿son pocos los que se dejan salvar? Entendió que la salvación no es un pago que se da al final de la vida; es un don. Sin embargo, comete un error, el error que todavía hacen hoy en día incluso muchos cristianos, y es peligroso pensar que la salvación llega al final de la vida cuando los que se han comportado bien, han observado los mandamientos, no cometieron pecados mortales (o si los cometieron se confesaron), al final el Señor les da su billete de ingreso al paraíso y es salvado.
Esta no es la salvación de la que habla Jesús; y, de hecho, esta interpretación de la salvación ha dado lugar a mucha controversia; se discutía si todos iban al paraíso o algunos irían al infierno… y ¿hay muchos que van al infierno? Algunos los veían caer en el infierno como caen las hojas de los árboles en otoño; algunos decían que, al menos, Judas fue enviado al infierno. Dejemos de hablar de esto porque Jesús no habla de esta salvación. Para Jesús la salvación no está al final de la vida, allí el Padre ciertamente acoge a todos sus hijos e hijas con su abrazo.
El reino de Dios, sin embargo, donde Jesús invita a entrar a todos, no es al final de la vida, es hoy cuando Jesús quiere que nos dejemos salvar por su propuesta de vida. Por eso, es urgente que nos dejemos salvar, es decir, que nos adhiramos a sus bienaventuranzas. Recordamos la sentida recomendación que hizo Jesús al concluir el pasaje del evangelio de la semana pasada, cuando dijo que se pusieran de acuerdo inmediatamente con tu adversario antes de presentarte ante el juez; es urgente que consigas acuerdo con el evangelio que sientes cómo tu adversario que no te deja hacer lo que quieres, te está haciendo propuestas muy exigentes. Adhiérete a ellas inmediatamente, deja que te salve ahora porque si esperas al final ya será tarde.
Entonces, no hay que preguntar a Jesús si son muchos o pocos los que se dejan salvar; la respuesta está delante de nuestros ojos. Desgraciadamente son pocos los que aceptan la propuesta del evangelio, son pocos los que se fían en sus bienaventuranzas, u olvidarse de sí mismos para convertirse en siervos de sus hermanos, pocos aceptar la propuesta de compartir los bienes propios, de no acumular para poner todo a disposición de los necesitados. Pensemos en el texto evangélico que escuchamos hace un par de semanas, cuando Jesús dijo al pequeño rebaño: “No tengan miedo pequeño rebaño”. No tengas miedo, vende lo que tienes, dalo en limosna, hazte unas bolsas que no envejezcan. Es un pequeño rebaño y Jesús lo sabe. Dice, ‘déjate salvar ahora, entregando todo lo que tienes a los pobres’.
No nos resulta fácil adherirnos a sus bienaventuranzas; nos resulta más fácil adherirnos a las bienaventuranzas de este mundo y Jesús nos dice, ‘no te juegues la vida en lo efímero, apóyate en el amor que permanece, déjate salvar de inmediato’. Escuchemos lo que Jesús responde a la persona que le hizo la pregunta:
“Jesús les contestó: Procuren entrar por la puerta estrecha, porque les digo que muchos intentarán entrar y no podrán”.
Jesús responde a la pregunta que le hicieron; le interesa aclarar bien cómo se entra hoy, inmediatamente, en el reino de Dios; cómo se llega a ser y cómo se mantiene siendo su discípulo. Y da las indicaciones con tres imágenes. La primera: Para ser salvado debes luchar… La traducción dice ‘procurar’, NO. Debes luchar; ‘Ἀγωνίζεσθε’ – Agonízesche, este verbo griego se utiliza para las competiciones de los deportistas; hay una lucha que combatir si quieres ser salvado.
Es la lucha de la que también habla Pablo en la primera carta a los Corintios, en el capítulo 9, cuando emplea la imagen de las carreras y de las luchas en el estadio, dice: “¿No saben que en el estadio todos corren, pero uno solo recibe el premio? Corran entonces para conseguirlo. Los que compiten se controlan en todo; y ellos lo hacen para ganar una corona corruptible, nosotros una incorruptible”. Luego da el ejemplo personal: “Por mi parte, yo corro, pero no sin conocer el rumbo; lucho, pero no dando golpes al aire. Sino que entreno mi cuerpo y lo someto, no sea que, después de predicar a los otros, quede yo descalificado”.
Por lo tanto, es una lucha interior que no tiene lugar fuera de nosotros; es el conflicto que todos experimentamos entre las pasiones que nos hacen replegarnos en nosotros mismos, a satisfacer nuestro egoísmo, y la voz del Espíritu que nos insta, en cambio, a amar, a pensar en nuestro hermano. Es un conflicto muy duro; si no experimentamos este conflicto interior, significa que no hemos entendido lo que el Evangelio nos pide.
Ciertamente, si reducimos nuestra adhesión a Cristo a alguna práctica devocional, no experimentaremos ningún conflicto interior, incluso lo haremos con un poco de pereza. Jesús nos dice en el capítulo 11 del evangelio según Mateo que ‘el reino de los cielos sufre violencia y los violentos se apoderan de él’. Tienes que hacer violencia a tu egoísmo. No es para gente cobarde. El que cree que puede entrar en el reino de Dios sin enfrentarse a esta lucha interior, se engaña. Incluso Jesús se enfrentó a ello y fue muy duro para él también, para permanecer siempre fiel a la voz del Espíritu.
Segunda imagen: La puerta estrecha por la que hay que pasar si se quiere dejarse salvar. Para entrar por una puerta estrecha sólo hay un camino; tienes que hacerte pequeño. Volvamos atrás unas cuantas páginas del evangelio según Lucas. Ahora estamos en el capítulo 13. Si regresamos al capítulo 9 encontramos una discusión que tiene lugar entre los discípulos que preguntaban a Jesús ¿quién es el más grande? Discutían entre ellos porque todos querían ser el primero. Jesús entonces toma un niño y les dice que si quieren ser grande coge a un niño pequeño y lo pone a su lado y dice ‘quien es el más pequeño entre ustedes, éste es el grande’. Si quieres hacerte rico, acumular bienes, si quieres subir, ser servido, permaneces demasiado grande y gordo, nunca pasarás por la puerta que te lleva al reino de Dios, en la salvación. No pertenecerás más como discípulos de Cristo, o lo serás solo de nombre.
Tercera imagen: La multitud frente a la puerta. Por lo tanto, hay una distinción entre las grandes multitudes que están frente a la puerta deseando entrar, pero permaneciendo quizás muy grandes y siempre están allí a la puerta, y algunos, en cambio, se hacen pequeños y entran, son salvados. Por tanto, la distinción está entre los auténticos discípulos, que siguen Cristo, que aceptan su propuesta de hombre, y estos son pocos.
Y luego hay muchos que se quedan en la puerta atraídos por el evangelio, aprecian lo que Jesús hizo y enseñó, pero se quedan en la puerta. Es la realidad que vemos hoy en nuestra Iglesia. Las masas siguen siendo consistentes, son numerosos los que se llaman a sí mismos cristianos y que también están convencidos de que son y, por lo tanto, de pertenecer al grupo de los salvados. Jesús les invita a reflexionar porque podría ser una ilusión.
Y ahora Jesús se dirige a estas personas en tono amenazante, para salvarlas. Escuchemos:
“Apenas se levante el dueño de casa y cierre la puerta, ustedes desde afuera se pondrán a golpear diciendo: Señor, ábrenos. Él les contestará: No sé de dónde son ustedes. Entonces dirán: Hemos comido y bebido contigo, en nuestras calles enseñaste. Él responderá: les digo que no sé de dónde son ustedes. Apártense de mí, malhechores”.
En algún momento el patrón se levanta y cierra la puerta. La razón por la que Jesús introdujo esta escena es para hacernos escuchar las razones de los que se quedan fuera y pretenden entrar; creen que tienen derecho a participar en ese banquete. ¿Quiénes son los que están fuera? Tratemos de identificarlos porque también podríamos ser nosotros. Lo primero, ¿cómo lo llaman al patrón? No lo llaman Jesús; también los escribas y los fariseos lo llamaban Jesús. Lo llaman ‘Señor’. Esta es la forma con la que los cristianos se dirigían al resucitado. Los escribas, los sumos sacerdotes, lo llamaron Jesús, ese tal, ese hombre, ese impostor. Solo los cristianos lo llamaron el Señor y, entonces, los que quedan fuera son los bautizados y se sorprenden de que se les deje fuera, creen que tienen los papeles correctos y, de hecho, presentan dos credenciales para ser identificados.
La primera: hemos comido y bebido en tu presencia. La alusión es claramente a la Eucaristía; somos miembros de la comunidad, participamos en el día del Señor, en el banquete eucarístico; luego, hemos escuchado tu palabra, has enseñado en nuestras plazas, no venimos de lejos, siempre hemos estado en tu casa, ¿cómo es que no nos reconoces como miembros de tu comunidad? La razón es que el conocimiento de la propuesta evangélica no es suficiente; es necesaria la adhesión con la vida. Si esta adhesión no existe, incluso el comer el pan eucarístico se convierte en gesto hipócrita, falso.
Esta es la razón por la que incluso los bautizados pueden quedar fuera del reino de Dios. No es difícil adivinar lo que impulsó al evangelista Lucas para presentarnos esta escena y emplear estas duras palabras, porque se había infiltrado en sus comunidades el cansancio, el laicismo, la presunción de estar bien con Dios, la arrogancia, la convicción de que las buenas intenciones son suficientes y que la salvación se puede obtener de forma barata.
Lucas se da cuenta de que para muchos cristianos existe el riesgo de la ilusión de pertenecer al reino de Dios cuando en realidad siguen estando fuera; son los bautizados que no se han dejado salvar; siguen administrando los bienes de este mundo como lo hacían antes cuando eran paganos; siguen tratando a sus siervos, sus esclavos, como lo hacen todos los paganos, y había muchos cristianos ricos en aquella época que tenían esclavos, que deberían haber tratado como hermanos, pero los siguieron tratando como esclavos.
Lucas dice que esta gente está fuera del reino de Dios. De hecho, en las palabras de este grupo, donde presentan sus razones, dicen sólo que practican una religión; lo que presentan son las prácticas religiosas; no hay ninguna mención en sus palabras por el amor a los hermanos, al don de la vida, al uso de los bienes para los necesitados… No. Simplemente dicen, ‘hemos participado en las liturgias y hemos escuchado tu palabra’; sí, pero ¿dónde está la práctica de la vida de amor? Yo diría que son practicantes no creyentes porque creer significa jugarse la vida con la propuesta del evangelio. Este es el peligro de una práctica religiosa que tranquilice y anestesie las conciencias, hace que uno se sienta bien con Dios, pero es una ilusión.
El patrón dice, “Apártense de mí, malhechores”. Es la cita del sexto salmo donde se dice, ‘apártense de mí, hacedores de vanidad’. Esta es la traducción. Son los que hacen cosas vanas, cosas que a Dios no le interesa. ‘Apártense’ no significa rechazo, los envío al infierno, no. Significa que tomes nota de que no tienes nada que compartir conmigo; entonces no está hablando del infierno. Sólo dice que los que no practican con su vida las propuestas que él ha hecho, no tienen nada que ver con él, ni con el reino de Dios.
Ahora prestemos atención a la última escena, la del banquete del que se puede correr el riesgo de ser excluido. Escuchemos:
“Allí será el llanto y el crujir de dientes, cuando vean a Abrahán, Isaac y Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, mientras ustedes sean expulsados. Vendrán de oriente y occidente, del norte y el sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios. Porque, hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos”.
Las palabras de Jesús que hemos escuchado son muy duras y nos sorprende un poco encontrarlas en el evangelio según Lucas. Estamos acostumbrados a escucharlas en el evangelio según Mateo, donde se habla a menudo del fuego de la gehena, se repite seis veces ese lúgubre estribillo del llanto y el crujir de dientes. En el evangelio según Lucas sólo una sólo una vez se menciona la gehena, sin hablar del fuego de la gehena y sólo una vez, en el mismo pasaje que acabamos de escuchar. También recurre a la imagen del llanto y el crujir de dientes y ¿por qué recurre a este lenguaje? Claramente porque siente la necesidad de dar una sacudida a sus comunidades donde ha notado que hay algunos bautizados que, sin darse cuenta, se están readaptando a la vida pagana. Si estos no se dan cuenta inmediatamente, dice Lucas, acabarán llorando cuando se den cuenta de que han fracasado en la vida.
Pensaban que eran cristianos, que se habían salvado, pero en realidad han vuelto a la vida pagana. Y allá habrá un crujir de dientes… ¿qué es esta imagen rabínica? Es la señal de la rabia de los que se dan cuenta demasiado tarde de que se equivocaron. Y después de estas palabras amenazantes dirigidas a los que se engañaban a sí mismos que tenían derecho a pertenecer al reino de Dios, pero en vez están fuera, aparece en escena un segundo grupo compuesto por patriarcas, Abrahán, Isaac, Jacob, todos los profetas, y luego hay una inmensa multitud que viene de los cuatro puntos cardinales.
¿Quién son éstos? Ente ellos, ciertamente, estarán la mayoría los bautizados, los que han tomado el evangelio seriamente y han dado su adhesión de vida. Pero en esta multitud hay quizás muchos que no han oído hablar del Evangelio, pero si han entrado en el banquete del reino de Dios significa que han pasado por la puerta estrecha, es decir, que se han comportado como siervos de los hermanos, se han empequeñecido y han entrado; han escuchado la voz del Espíritu que les llevó a servir y amar a sus hermanos.
Recordemos esa hermosa frase que se encuentra en la primera carta de Juan en el capítulo 4: “Queridos hermanos, amémonos unos a otros porque el amor es de Dios; quien ama –bautizado o no– es engendrado de Dios e hijo de Dios porque Dios es amor”. Y por eso es hermoso contemplar en esta multitud a los hermanos que han amado movidos por el Espíritu, aunque no hayan oído hablar del evangelio.
La conclusión: “Algunos de los últimos serán primeros y algunos de los primeros serán últimos”. Es el recordatorio que hace Jesús para estar atento porque tú que has tenido la suerte de encontrar este tesoro del Evangelio, si no das tu plena adhesión y eres más responsable, puedes sorprenderte al ver que alguien que no es una persona bautizada es capaz de realizar actos heroicos de amor.
Les deseo a todos un buen domingo y una buena semana.